miércoles, 8 de mayo de 2019

Recuerdos (3er premio del II Certamen de Relatos Pasucos)



Amia suspiró, sentada en el poyo de su casa montañesa. En el valle, ya nadie recordaba a las hadas. La magia había quedado relegada a comentarios ocasionales sobre las brujas de Cernégula. ¡Si ellos supieran lo que se cocía en esa vieja charca…! Los vencejos colmaban el aire tibio con sus agudos silbidos mientras el sol se escondía tras la loma. Olía a espliego y a río.
—Mamá, nos vamos a la fiesta de San Juan de Escalada. Acuérdate de dar de cenar a Lara —se despidió su hija, desde la puerta del coche. Amia asintió.
La pequeña Lara, su nieta de seis años, la miraba desde el suelo, donde jugaba con un cocodrilo de plástico.
—¡Yo quería ver las hogueras! —se quejó, haciendo un mohín. Sus enormes ojos verdes reflejaban curiosidad.
Algo se encendió dentro del corazón de Amia. Se había prometido; no, había prometido a su marido que el tiempo de las hadas había terminado, pero, ¿por qué? Lara tenía derecho a conocer sus raíces, su pasado. Instintivamente, se llevó la mano al pecho y palpó la piedra que pendía bajo la blusa. Era la noche indicada.
—Vamos a ver algo mucho mejor, pajarito.
Se incorporó trabajosamente y asió la pequeña mano que le tendía la niña. Dejando la puerta verde abierta, como era costumbre antaño y aún se hacía en su casa, se alejaron bajando la calle. Lara parloteaba alegremente, contándole la infinidad de animalitos que había visto y pescado aquella mañana en el río. Se cruzaron con varios vecinos: algunos volvían del bar; otros, se dirigían, como su familia, a la fiesta de Escalada. “San Juan” murmuró con sorna la anciana.
En la ribera gorjeaban los mitos, ocultos entre las hojas de los álamos. La brisa que descendía de los cortados rocosos agitaba suavemente sus copas, que parecían pintar de rosa y azul el lienzo del cielo estival. Cruzaron un puente para dejar atrás el río y seguir un sendero que acompañaba al arroyo cantarín hasta su nacimiento. El día más largo del año se apagaba poco a poco, y los ojos de Amia tardaban en acostumbrarse a la penumbra. Aceleró el paso, teniendo cuidado de no tropezarse con el grijo del camino. Pasaron junto a una cueva, cuya boca se abría tímidamente en la roca caliza de la montaña.
—¡Hooooola señor ooooosoooo! —saludó a la cueva la niña, entre divertida e intimidada. A lo lejos reverberó la llamada de amor del cárabo y Lara respingó.
Las chicharras zumbaban, apremiándolas. Había que apresurarse.
Por fin, atravesaron unos sauces y el lago se abrió ante ellas como si su superficie estuviera tallada en esmeralda: verde, profundo. Se aproximaron a la orilla y Amia se sentó en una roca para descalzarse. La niña la imitó. Los últimos rayos de sol se escaparon del firmamento y Venus brilló con intensidad, reflejando su luz en el fondo del lago, allí donde se abría la gruta subacuática. Entonces la anciana avanzó unos pasos en la orilla, extrajo con delicadeza la piedra que pendía de su cuello y la sumergió en las aguas cristalinas. De repente, la superficie del lago, hasta entonces lisa como un espejo, tembló. Las ondas se expandieron desde el centro hacia las orillas lamiendo las paredes de piedra y las piernas de las espectadoras. Algo, alguien, emergía desde el fondo, sus ojos titilando como estrellas. Amia tomó a la niña de la mano y juntas avanzaron por el agua helada.
—Ya llega la anjana, pequeña. Vamos a hacer un viaje muy, muy largo.
Sumergieron la cara en el espejo del lago y su mirada se topó con la de aquel ser de las profundidades, que las llamaba desde la gruta kilométrica que se abría bajo el agua. Y, de pronto, lo estaban siguiendo. Pero no fue un pasadizo estrecho y oscuro lo que encontraron, sino que una fuerte luz mostró un mar somero y tranquilo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Admiraban el paisaje desde muy arriba, como si flotaran. Bajo las olas, que se agitaban a ritmo vertiginoso, transitaban seres colosales. La cuenca se fue colmatando de sedimento paulatinamente, hasta que el mar se secó y la tierra se llenó de plantas y extraños animales. Luego, el agua volvió a cubrirlo todo y, una vez más, se retiró para dar paso a una estepa inmensa. El aire se tiñó de azufre y cenizas y la tierra se plegaba, ascendía y se contorsionaba como el rabo de una lagartija. Pequeños cursos de agua se fueron abriendo paso en el sedimento depositado, excavando canales cada vez más profundos y dejando a la vista los pétreos recuerdos de los animales y plantas que, segundos antes, buceaban por el mar o dejaban sus reptilianas huellas sobre el fango. Un borbotón de agua pura surgió donde más tarde —¿o antes? — se abriría el lago, y su luz brilló por primera vez. Había nacido el hada de la fuente.
El río esculpía con ahínco la piedra caliza y las criaturas recorrían sus riberas: uros, bisontes, tigres de afilados colmillos y osos pantagruélicos. También llegaron las primeras personas, y se adentraron en las cuevas. Gentes distintas arribaron después y domaron la tierra. Todos llevaban ofrendas a la anjana y a otros dioses ya olvidados que, por entonces, sobrevolaban las escarpadas cumbres o habitaban en los riscos.
Amia notó cómo la pequeña apretaba su mano y descubrió en sus ojos la emoción, la intriga que una vez ella también sintió cuando su madre la llevó en aquel viaje sin retorno.
Volvió a centrar su atención en el páramo, por donde circulaban hordas de hombres uniformados que trataban de doblegar aquella tierra áspera y a sus habitantes. Algunas estrellas se apagaron. Los pueblos y las guerras se sucedieron y el paisaje cambiaba a ritmo vertiginoso según las gentes lo mutilaban y parcelaban. En las cimas, donde antes brillaban orgullosos los árboles sagrados, se erigieron templos yermos. La anjana se escondía sola, olvidada en el fondo de su gruta: pocos eran ya los que la visitaban, pues corrían el riesgo de enfrentarse a la hoguera. Pero siempre hubo mujeres que volvían a su lago. Amia reconoció a su abuela y, después, a su madre. Se vio a sí misma acudiendo por primera vez a aquel santuario y se estremeció de alegría. Pero ya sólo quedaba ella. Ella y, ahora, Lara.
Parpadeó y se encontró de nuevo en el lago, sus pies helados por el contacto del agua. La noche había devorado el pequeño valle y el silencio se señoreaba a su alrededor, apenas roto por el lejano croar de las ranas.
—¿Qué ha sido eso, yaya? —murmuró la vocecita a su lado.
<<Tu origen, tu pasado y tu futuro>>. Quiso decirle Amia. El destino de su nieta se había vinculado para siempre a ese valle, impidiéndole alejarse de sus raíces sin sentirse vacía, desolada. A cambio, conocería la magia.
—Un hada buena, pajarito —respondió, colocando el colgante entre los dedos de la niña—. Tu hada.


Tercer premio del II Certamen de Relatos Pasucos 2019 (Asociación de Alumnos del Programa Sénior de la Universidad de Cantabria)

martes, 28 de marzo de 2017

Fuente

¿Qué es lo que oigo? Un susurro se cuela entre el torrente de agua, hacia la roca profunda. ¿Está llamándome, mentando mi nombre? No es la llamada sorda del corzo, ni el cantar del Martín. Sí, oigo una voz clara y límpida que atraviesa las aguas. ¿Cuánto ha pasado desde la última vez? Me estremezco sólo de pensarlo. La última vez que oí mi nombre, unos ojos oscuros y desesperados me buscaban. Tan sólo quería traerme ofrendas, pero la sangre fue derramada en este lugar sagrado, mancillándolo, sumiéndome en un olvido de cientos de años. No pude verlo ni oírlo, mas los mirlos me lo cantaron: el humo espeso veló sus hermosos ojos negros y el mundo dejó de verme y recordarme. Yo, que yazco pequeña y oculta en lo más profundo del bosque, alejada de los hombres, caí en el mismo olvido, pero no en la burla, que tuvieron que soportar mis portentosas hermanas: Tobalina, Pozo Azul…


Te oigo. Por encima del tumulto de mis torrentes escondidos bajo la piedra y la fértil tierra de la ribera; a coro con el suave agitar de las copas de los álamos percutidos por el viento; voz aguda y sonora como el croar de las ranas en las tibias noches de mayo.

Te huelo. Capto el dulce aroma de los lirios, alimentados por mi propia esencia, que depositas sobre el musgo tierno de mis rocas.

Te veo. Emerjo de las profundidades, de la seguridad de mi templo oculto, húmedo. Incluso la velada luz del bosque me ciega tras decenios de total oscuridad y, por un momento, tus ojos azabache se clavan en la entrada de la gruta: estremecidos, regocijados, confusos. ¿Te asombra mi existencia, aun cuando me llamas por mi nombre? Me oculto al fin y tu corazón vuelve a latir poderoso como el torrente.

“Fuentona, fuentona” se despide tu voz trémula. Y yo estoy de nuevo despierta, en un mundo extraño y perdido en el que, al menos, hay alguien me recuerda.

Texto y fotos por Elisa R. Bañuelos

lunes, 10 de octubre de 2016

Tierra de nadie

He visto muchas cosas. Acontecimientos singulares han tenido lugar en estas tierras, pero la regla ha sido siempre el silencio. Silencioso es el viento rebotando en mis flancos, las plumas de los buitres cortando el aire. Silenciosa es la lluvia que me tiñe el rostro de gris triste, lavando por un momento el rojo candoroso, hasta que vuelve a secarme el sol. Silenciosas eras de vacío, tan sólo agrietado por el graznido del cuervo y el ladrido del corzo.

Muchos son los que han coronado mi cima. Hermosas aves de largas plumas, rodeándome en su vuelo interminable. Algunos, como el quebrantahuesos o el águila perdicera, ya no han vuelto. Corzos, jabalíes, tímidas garduñas; encinas centenarias que osan enquistar sus raíces en mi pecho. Mas ellos no codician coronarme.


Hubo un tiempo en el que me frecuentaron los dioses. Cuentan los gansos que el reino de laDiosa cubría valles más allá de las grandes montañas. Nunca olvidaré el cosquilleo en la cresta, la primera vez que Mari posó sus pies sobre mí, uno entre otros tantos postes en su largo camino, supervisando con su mirada arrobada la existencia efímera de sus hijos.

Hubo otro breve tiempo, mucho antes de Mari, en el que yo mismo fui un dios. Pero las deidades no sobreviven a sus civilizaciones, y son muchos los pueblos que pretendieron esta tierra avara. Pueblos que ansiaban dominar el valle, gentes que proclamaban este lugar como suyo: pobres ignorantes, que no sabían que esta tierra no se puede doblegar, sino que es la tierra la que te posee. El calcio de las verdes fuentes precipita en sus huesos, el hierro rojo que colorea mi rostro fluye por su sangre y los domina, los ata.



He visto a mucha gente. Hombres que ahora ni siquiera se consideran humanos, pero que ya me cantaban con tosca voz. Aventureros, colonos, que habitaron en mis grietas y penetraron mucho más allá de lo que hoy día es posible, dejando allí marcas de su existencia. Más adelante, pueblos tranquilos, siempre empeñados en un mismo fin: trabajar la tierra tacaña, tratando de hacer crecer su fruto. Teces coloradas y pálidas, ojos rasgados, cabelleras tan blancas como el hielo y rizos negros cual desmán.
Cuando llegaba un pueblo nuevo, todos se indignaban, luchando para no tener que compartir la que, ellos decían, era su tierra; ignorando que su propio pueblo antaño expulsó a otro, y así, desde el principio de los tiempos, hasta el final de las eras. Pero la piedra no tiene dueño.

He visto guerreros luchar y morir, y ser elevados al cielo, con la diosa. Los buitres se encargan de ello. He visto a niños de los más diversos pueblos jugar a los mismos juegos durante eras. He espiado a muchachas bailando a la luz de la luna, sin más música que el ronroneo del río y el agitar de los sauces al viento, y terminar la danza guiñándome un ojo cómplice.

El agua me conformó durante milenios y el viento me roerá hasta que no sea mas que tierra roja, dispuesta a ser arada por el hombre para arrancarme un brote más de vida. Pero sólo el tiempo podrá doblegarme.





"The lore of a higher meaning"
Thousandfold, Eluveitie
https://www.youtube.com/watch?v=kb8WGig0MLU


 Elisa Rivero Bañuelos

jueves, 7 de julio de 2016

El valle esmeralda


Según me interno en la maleza, la luz decae y el sonido del bosque me absorbe, como si la corteza de los robles aislara los ruidos vulgares de la civilización. Mientras sigo el tupido sendero, a un lado y a otro corretean pequeños seres invisibles: musarañas, lagartos. Quizá, incluso alguna víbora. Un osado rosal silvestre me araña el tobillo y me estremezco.


Tras salvar el barranco, alcanzo la pequeña apertura en mitad del farallón rocoso. Desde este rincón secreto se domina el valle, de un verde tan intenso que relaja la vista. 


A lo lejos, el rumor del autobús Santander-Madrid se pierde entre los recovecos de la nacional, dando paso al silencio. Cierro los ojos, y han pasado miles… ¿Qué miles? ¡Millones de años! Y el Rudrón y el Ebro cincelan suavemente la piedra, como un artista griego mimando su gran obra. La silueta de castro Siero se va perfilando contra el cielo. Los ríos lo ven crecer como dos padres pacientes, orgullosos: si el circo de Orbaneja fue la niña bonita, y el Pozo Azul el chico tímido y misterioso, es Castro Siero un baluarte de estoicidad, diseñado para resistir, para albergar pueblos osados.


Desde mi posición no alcanzo a ver la ermita: porque aún no se ha construido. Abajo, en el barranco, las encinas son las mismas. Las hormigas, diligentes, son las mismas, igual que es el mismo cuco el que canta ahora y el que oyen abajo los que salen de misa. Han sido los mismos durante milenios.









Un enorme buitre leonado planea con elegancia junto a los cantiles y arranca el sol destellos broncíneos de su lomo: “mi padre limpió los huesos de Corocotta”, se jacta. Y se posa sobre la misma piedra en la que mañana se posarán sus tataranietos. Porque las rocas, sobre todo ellas, son las mismas.








Unas pisadas me sacan de mi ensimismamiento y Amaya aparece por el sendero. Trota junto al barranco sin aprensión y me saluda. 

Se agacha a recoger el agua pura de las fuentes de Siero, filtrada por decenas de metros de piedra caliza. Parece que las salamandras que colman la fuente no le molestan ¿Por qué no vas a las fuentes romanas, que te quedan más cerca? Pero la pregunta no llega a brotar de mis labios. ¡Qué estúpida, sí aún no se han construido!





La chica se aleja con el pellejo de la mejor agua para su jovencísimo compañero, que partirá en madrugada a la llamada de Peña Amaya, para hacer la guerra a los romanos. De pronto, un ruidoso mirlo alza el vuelo entre las hiedras, y Amaya ya no está. En la lejanía se escucha el ronroneo de unos moteros ingleses sobre la nacional 623 y el hechizo se rompe. Han pasado dos mil años de un plumazo, pero el olor sigue siendo el mismo en el valle esmeralda.




Elisa R. Bañuelos

miércoles, 29 de junio de 2016

Noticias felicianas

Hace mucho tiempo que no actualizo el blog y quería aprovechar para publicar una entrada corta y optimista.


La primera noticia es que hace unos meses se publicaron los planes básicos de gestión y conservación de las zonas de especial conservación (ZEC, y ZEPA para las aves) de Castilla y León, integradas dentro de la Red Natura 2000. Entre ellos, por supuesto, el del ZEC Hoces de Alto Ebro y Rudrón (que coincide con el parque natural). Se pueden descargar y leer todos aquí: http://www.medioambiente.jcyl.es/web/jcyl/MedioAmbiente/es/Plantilla100/1284375759659/_/_/_


Después de una lectura pausada he de decir que, en mi opinión, el Plan no desarrolla gran cosa. La mayor parte de la información ya estaba recogida en el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Parque Natural. Por lo demás, se trata de una declaración de intenciones ordenadas y muy bien clasificadas. Si estas directrices (alguna, al menos, ya que son muchas) se desarrollan y llevan a cabo finalmente, sería fantástico. Sin embargo, como se indica en el propio Plan, se necesitan fondos de financiación (que no están especificados), y ese el punto débil de toda la gestión de la conservación en España. Visto lo que se ha hecho desde el año 2008, que se declaró el parque, aún faltan muchos años para que estemos dando palmas.


Por otra parte, desde mi inexperto punto de vista, detecto una inclinación reiterada a intentar solucionar gran parte de los problemas de conservación a través de podas y limpieza silvícola. Espero que, si se hace, sea con criterio, no como se viene haciendo en el Parque hasta ahora. Ej:


Ejemplo perfecto de lo que se indica en el Plan de Gestión: Pg30 "055. Medidas para el mantenimiento de bosques de ribera y galería. Es determinante para el mantenimiento de poblaciones saludables de lagarto verde el mantenimiento de la vegetación de ribera y los sotos arbustivos asociados a vaguadas y arroyadas en el espacio, [...]."


La segunda noticia es que, al parecer, BNK ha renunciado a parte de sus proyectos de fracking en España (después de que Repsol hiciera lo propio hace unos meses). De cumplirse, se trata de una gran alegría y alivio para toda la gente de la zona, ya que estaban previstos varios proyectos de fracking lindando con el PN (Sedano).


Esperemos que, en esta época de inestabilidad, nos sigan lloviendo noticias felices.


Elisa R. Bañuelos

miércoles, 16 de marzo de 2016

Desconocimiento rural


Con motivo de la publicación de una “noticia” y alentada por la entrada de un compañero de divulgación, Marco Ansón, me dispongo a "iluminar" a los lectores.

           No quiero entrar en detalles sobre la noticia, para ello podéis leer la original aquí o, mejor, informaros de la mano de Marco, que analiza el fondo de la cuestión. En resumidas cuentas: se supone que el meloncillo, Herpestes ichneumon, ha matado a varias ovejas en Zamora.

          Cualquiera que tenga una mínima noción de fauna ibérica y algo de sentido común, sabría que este pequeño carnívoro no puede perpetrar tal escabechina. Por esa misma razón, parece incongruente que estos señores ganaderos y gente del campo se crean la noticia y alcen las antorchas contra la “alimaña” de turno. Lobo ibérico, te van a dar un respiro –o no-.
 

Meloncillo, WikiCommons

          De esto mismo quería que versara la entrada de hoy, sobre la pérdida de conocimiento de su entorno que ha sufrido la comunidad rural. Es un tema triste que siempre me ha preocupado. Puede que dependa de la zona de España, de la ocupación de la población o de otros factores, como la edad, pero creo detectar una falta generalizada de conocimientos de fauna y flora, e incluso de geografía local, en las gentes de pueblo.

          Tenemos muchos ejemplos de actualidad, como aquella otra “noticia” sobre buitres ejecutando 15 ovejas. Gran parte de estos alardes de desconocimiento los protagonizan ganaderos, no sé si buscando, desesperados, una cabeza de turco para su desgracia, o realmente debido a una incultura y odio profundo hacia la naturaleza.

           Sin querer pecar de generalización, me circunscribiré al caso de San Felices. Aquí, de momento, no tenemos meloncillos, pero de alimañas no andamos escasos. Corren leyendas tan variopintas como la de que las víboras muerden las ubres de las vacas/cabras y les envenenan la leche. A veces, también a las mujeres. Hablando de ubres, comentan que las comadrejas hacen otro tanto. Parece ser una leyenda muy extendida y con mucha trayectoria, como leemos aquí.


Víbora en San Felices
Siguiendo con víboras, dicen que los años que predominan–si es que se puede llamar predominar a esta escasez tan preocupante-, es porque los del Seprona están repoblando y las lanzan desde helicópteros. Suspiro.

 También podréis oír a cualquiera comentar que los sapos escupen veneno, o que te salen verrugas si los tocas. Lo cierto es que son unos animales simpáticos y tranquilos. Con respecto al "veneno", se trata de una secreción maloliente de unas glándulas para evitar que otros animales los depreden.

     Leyendas a parte, la pérdida de conocimientos es muy triste. Preguntando a mi abuela y más gente mayor del pueblo, me doy cuenta de que casi nadie sabe diferenciar setas comestibles, ni una culebra de otra. Los pájaros son todos pájaros –o, como dirían en el pueblo de mi padre, en Cantabria, se clasifican en colorines y rapapájaros-. Un visón es una nutria y, a la menor noticia de su avistamiento, ya estaba el viejo trampero amenazando con una piedra con que iba a matar a las crías. Los buitres viven, al menos, 100 años –que tan desencaminado no iba, pues son muy longevos, aprox. 25 años-.
"Rapapájaro" en San Felices

"Colorín" en Covanera

           Apenas he podido recolectar conocimientos sobre hierbas medicinales, aparte de la celidonia para curar verrugas y heridas, o las hojas de zarzamora como astringentes. Parece mentira, cuando no podían acceder a una simple aspirina y, sin embargo, tenían acceso ilimitado a corteza de sauce para calmar sus dolores, amén de un montón de plantas útiles más, sobre las que no me voy a extender, por falta de espacio y conocimientos. ¿Fue la miseria de la guerra civil, o estos conocimientos estaban sepultados, o reservados a unos pocos, desde la Inquisición? Porque brujas, haberlas, habíalas en todos los pueblos. Al pantano de Cernégula iban cuando había luna llena.

     No digo que sea el caso de todo el mundo. Estoy segura de que hay aún mucha gente en los pueblos que dispone de un vasto conocimiento de su entorno. Pero esta triste realidad existe. ¿Conoces más leyendas rurales que compartir?
 
Éste, por lo menos, 90 añazos

jueves, 3 de marzo de 2016

Historias de un Cavernícola: Parte IV (Contacto)

Historias de un Cavernícola

Hace 40.000 años

"África ya no puede más. Gasta sus últimas fuerzas en dejarse caer sobre los cantos rodados de la orilla para beber el agua del río verde. Una rana salta, asustada, a su lado. Desde que los lobos devoraran a su hermano, había perdido las ganas de vivir. Ya no queda nadie de su familia, ella es la última.




Su vista se nubla mientras la corriente mece su mano, aterida. Pero no lo nota. África sólo recuerda el camino. Su vida había sido un camino interminable desde que tiene recuerdos, incluso antes, según decía su madre. Un viaje en busca de otras personas. África no podía imaginarse cómo serían esas otras personas. Sólo había conocido a su familia. El anciano hablaba de tribus de más de 50 individuos: niños jugando, mujeres tejiendo alrededor del fuego y cacerías multitudinarias en las que, incluso, abatían lobos.

Pero la gente había desaparecido, o los habían dejado atrás en el camino. Chad nunca quiso volver. Siempre hacia delante, siempre hacia el sur. Insistía en que, algún día, encontrarían más gente y formarían una gran tribu. Sin embargo, Chad había muerto sin cumplir su promesa, y ahora le había llegado la hora a ella.





Entre el rumor del río y sus densas pestañas cree distinguir a una persona, antes de que sus ojos se cierren y el cansancio y el hambre la venzan.

Cuando África despierta se encuentra envuelta en pieles de corzo. Es de noche y, a su lado, chisporrotea una hoguera. Una cara ancha, blanca y peluda se inclina sobre ella, emitiendo extrañas palabras. África se asusta, pero no tiene fuerzas para correr. El extraño hombre se aleja y retorna enseguida portando una pasta de bellotas, cangrejos y trucha asados, que ofrece a la mujer. El hambre le puede e ingiere despacio, para que no le hagan daño, los alimentos. Después, se observan en silencio junto al fuego.

África no había visto jamás a un hombre tan grande ni tan peludo. Su piel es extremadamente blanca y su pelo rojizo. Luego piensa que, al fin y al cabo, sólo había conocido a cinco hombres a lo largo de su vida. Esto debía ser la otra gente. Finalmente, el hombre vuelve a proferir esas extrañas palabras, ininteligibles para ella.
- No te entiendo.
Él la mira con los ojos -¡verdes como el río!- muy abiertos y también parece comprender que no se pueden comunicar. Entonces se golpea el pecho y gruñe:
- Hernán.
- África- pronuncia lentamente la joven, imitándolo.

A la mañana siguiente África se sobresalta de nuevo al ver al hombre, hasta que recuerda la extraña noche anterior. Comen juntos en silencio y, después, la mujer se levanta e inspecciona la cueva. Busca más gente. Sin embargo, pronto se da cuenta de que allí no hay nadie más. Hernán la observa con curiosidad.
- África -pronuncia ella de nuevo, señalándose-, Hernán -le señala a él y, a continuación, mira a su alrededor y gesticula, preguntando.- ¿Y el resto?
El rostro del hombre muda y África intuye tristeza, aunque sus muecas le resultan confusas, extrañas.
Él le hace un gesto de apremio mientras da la vuelta a una gran roca y se introducen en una cámara más estrecha de la cueva. Cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad, distingue un gran número de túmulos de piedras. Entre algunas piedras sobresalen huesos descarnados o retales de cuero. Encima de algunos túmulos hay depositados collares de caracolas e incluso hachas muy toscas. Huele a muerte.

Hernán y África se miran. Ella es bajita, con una maraña de pelo rizado, negro, igual que los ojos. Su piel es oscura. Tan distintos, pero al fin y al cabo, tan iguales."

En esta entrega de historias de un cavernícola nos encontramos en una etapa de tránsito. Las poblaciones de Homo sapiens se multiplican y expanden desde África -donde evolucionaron desde Homo ergaster- hacia Asia y Europa, después de algunos cruces con Homo neanderthalensis y denisovanos. No sabemos con certeza si los primeros hombres modernos (Homo sapiens) entraron por primera vez a la Península Ibérica a través del largo camino por Europa, o si algunos pudieron cruzar por Gibraltar.

África sería la avanzadilla de las poblaciones sapiens que estaban por llegar. Mientras, las últimas poblaciones de neandertal, que resisten en la Península después de 200.000 años, se van extinguiendo. Lo que sí parece es que ambas especies coexistieron en el tiempo y, probablemente coincidieran en el espacio -como se puede leer en esta entrada sobre La Güelga, en Asturias-.

Las diferencias tanto físicas como culturales entre estas dos ¿especies? -sapiens y neandertal- debían ser obvias, generando, probablemente, tensiones y violencia entre ellas y aislándolas, pero no lo suficientemente grandes como para mantenerlas separadas por siempre.

El cuento de África (sapiens) y Hernán (neandertal), la primera y el último de su especie, es una historia de supervivencia, muerte y renovación, y de cómo la soledad puede romper fronteras.

jueves, 11 de febrero de 2016

Historias de un cavernícola: Parte III (Homo neandethalensis)

Año 200.000 a.C., actual San Felices del Rudrón

La pequeña Amaya está emocionada: el valle del río verde al fin se abre ante ellos, prometiendo jugosas truchas y sabrosos cangrejos. Avanzan despacio entre las encinas vetustas para no dejar atrás al viejo chamán y otros miembros más débiles del clan. Amaya, sin poder contener su emoción, se desliza apresurada entre unos espinos, enganchando su nueva vesta de verano en las espinas. Su madre, que no le quita el ojo de encima, corre a auxiliarla -a la prenda, que tanto trabajo le ha llevado- y reprende a la niña. Amaya se resigna y camina junto al clan, recolectando primaveras.



Cuando llegan a la cueva, un murmullo se extiende por el grupo. Un bloque de piedra del techo se ha desprendido, dificultando la entrada. Tienen mucho trabajo por delante.

En el fondo de la cueva encuentran, ligeramente perjudicados por la humedad y las alimañas,  pero aún utilizables, los postes y paneles que dejaron el verano anterior para reconstruir el campamento.

No hay tiempo para descansar. Mientras los más fuertes se afanan en retirar las rocas de la entrada, Amaya recoge los estómagos de ciervo y desciende trotando hacia el río, eufórica. Deposita con  cuidado los estómagos vacíos sobre la tierna hierba e introduce con sumo deleite los maltratados pies en el agua helada. Algo capta su atención y cruza la mirada con una nutria que, perezosa, devora una trucha, tumbada en una peña en medio del río. Rellena los estómagos y emprende la vuelta.




Esa misma noche comienzan las celebraciones. Apenas les ha dado tiempo a pescar las primeras truchas, pero son suficientes para saciar la gula del clan y ofrecer al río generoso y al fuego salvador sus entrañas. Tras la ceremonia, los adultos se reúnen junto al hogar principal, en la boca de la cueva. Amaya debería estar durmiendo, pero la emoción del día le impide conciliar el sueño.

Se escurre por una abertura lateral de la cueva y asciende por la pared rocosa. La enorme luna llena proyecta las sombras fantasmagóricas de las aliagas que nacen de la roca. Abajo, los hombres cantan, acompañados del dulce sonido de la flauta. A lo lejos, el cárabo ulula. Amaya escucha el roce de unos pies entre las matas, ladera arriba, en el justo momento en el que la luz de una antorcha se apaga. La niña se apresura a seguirla. Pero la antorcha no se ha apagado. Su portador se ha introducido por un agujero en la montaña. Escondida entre las aliagas floridas, Amaya distingue el rostro de la figura misteriosa: se parece al del viejo chamán, pero el fulgor de la antorcha arranca facciones y colores monstruosos: rojo sangre, negro tizón. En su mano derecha porta un cuenco rebosante de ocre.



En esta nueva entrega de la (pre)historia del valle del Rudrón nos encontramos con nuestros "primos" los neandertales. Sin embargo, los últimos avances en genética parecen señalar que todos nosotros -o, al menos, todos los europeos, asiáticos y americanos- tenemos una pequeña proporción de genética neandertal. Según eso, el famoso Homo neanderthalensis podría pasar a denominarse, más correctamente, Homo sapiens neanderthalesis, es decir, una subespecie.

Esta especie evolucionaría de aquellos Homo heidelbergensis en Europa -¿será Amaya tataratatara...tataranieta de Sancho?- y la poblaría durante la friolera de 200.000 años. Eran más fornidos que nosotros, con una capacidad craneal incluso mayor, por lo que no es de extrañar que sus costumbres y relaciones sociales fueran similares a las nuestras. Tenían pensamiento figurado, pues enterraban a sus muertos, e incluso arte: se han descubierto flautas hechas con huesos de buitre, numerosos collares de cuentas, e incluso recientemente se les han atribuido pinturas (Cueva del Castillo, en Puente Viesgo, a escasos 70km del valle). Además, desarrollaron unas técnicas líticas muy perfeccionadas, como el Musteriense, culminando con el Châtelperroniense.




martes, 2 de febrero de 2016

Historias de un cavernícola (Parte II: Homo heidelbergensis)

"Corre el año 400.000 a.C. y nos cuesta reconocer el paisaje. Hace un frío que pela.




Un nuevo hombre viene pisando fuerte -o, al menos, pesado, con sus 100kg-. ¿Estuvo libre de humanos el valle durante estos 400.000 años, desde que nuestros hipotéticos H. antecessor camparan por aquel paraje mediterráneo? Eso asumimos, hasta que se demuestre lo contrario.

Estos nuevos protagonistas no parece que provengan del antecessor, sino del Homo erectus, que en su periplo desde África, atravesando una Europa afectada por glaciaciones, evolucionaría a esta especie adaptada a climas más fríos. Empero, aún mejor adaptada, es de entender que abandonaran Heidelberg para buscar las temperaturas más moderadas de la Península Ibérica.

Un grupo de escasos individuos llegaría al valle del Rudrón a comienzos del invierno. Estarían cansados, hambrientos y tiritando. En condiciones normales, no habrían abandonado su refugio en esta temporada, pero la enfermedad que asolara su clan -en Atapuerca- les habría obligado a huir, no sin antes esconder los cadáveres de todos su familiares lejos de las garras de los depredadores, en las entrañas de la tierra.*

Se refugiarían en la cueva Covalana -entre San Felices y el Barrio de Nápoles-tras comprobar que, en ese momento, no hiberna ningún oso de las cavernas. Mientras la mayoría se empeñara en la ardua tarea de encender un fuego, el joven Sancho se acurrucaría en una esquina oscura, sacando de entre sus pieles de rinoceronte lanudo su única y más valiosa pertenencia: un gran núcleo de cuarcita roja, del que anteriormente su padre Miguelón sacara aquella perfecta hacha** de dos caras y que Sancho arrojara junto a su cuerpo, para que le acompañara.

Algún día tallaría un hacha como aquella. El penetrante olor a humo le haría volver a la realidad. Tras varios intentos, la corteza fría del pino chisporrotearía con furia. Varios murciélagos dejarían oír sus quejidos, abandonando la cueva.

Alrededor del triste fuego y con el estómago rugiendo, nadie tendría ganas de hablar. La noche cae sobre el valle y el Rudrón canta a pocos metros de Covalana. Todos sueñan con bisontes y ciervos."






El relato anterior no debe entenderse al pie de la letra, sino como una puesta en escena de los pocos datos que de los Homo heidelbergensis nos han llegado. Quizá, en mi ficción, haya atribuido una inteligencia muy avanzada a esta especie, pero así me gusta creerlo, y las pruebas que surgen cada año nos alejan de aquella visión torpe y retrasada que teníamos de los neandertales. Así que, ¿por qué no darle al hombre de Heidelberg un voto de confianza?

*Aquí hacemos referencia a la acumulación de cuerpos de Homo heidelbergensis en la Sima de los Huesos, Atapuerca. La teoría predominante es que estos individuos -una vez muertos- fueron arrojados a la gruta por otros miembros de su especie.

**Miguelón es el nombre que recibe uno de los esqueletos mejor conservados de la especie, hallado en la Sima de los Huesos. También es famoso el bifaz Excalibur, que se encontraba junto a los restos. Algunas teorías sostienen que se trata de una ofrenda o regalo ceremonial, debido a su perfecto acabado y a que no tiene muestras de uso. Otras teorías desestiman la capacidad intelectual del Heidelbergensis para comprender la muerte desde un punto de vista simbólico. Ambos se pueden contemplar en el Museo de la Evolución de Burgos.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Historias de un cavernícola (Parte I: Homo antecessor)

A veces me gusta internarme en el bosque, perderme en el páramo -allá donde la mano de la civilización apenas alcanza-, alzar la vista y contemplar el paisaje. Un paisaje que podría ser similar al que viera el primer hombre que pisó el valle. Y me pregunto: ¿le sobrecogería igual? ¿Qué pensaría del Perentón? ¿Que es un gran Dios, alzándose imponente, vigilando su paso?

Sobre quién fuera aquel hombre, tampoco tenemos respuestas claras. Los volubles y escasos datos que la arqueología nos regala, apuntan al Homo antecessor, el que se cree que es ancestro del H. heidelbergensis y del famoso H. neanderthalensis. El antecessor vivió desde hace al menos 900.000 años en la sierra de Atapuerca, por lo que parece probable que también se extendiera por otras zonas habitables de la Península, y el valle del Rudrón no se encuentra lejos.

Este primer hombre que pisara lo que hoy llamamos tierras de San Felices se movería con destreza en un bosque espeso de encinas y robles, similar al actual. Por aquel entonces reinaba un clima cálido y húmedo, aunque esto estaba a punto de terminar (paso del Pleistoceno inferior al Pleistoceno medio, con un clima más frío y seco y un retroceso de los bosques). Siguiendo el río, habría realizado un descanso en el Pozo Azul, en Covanera. Siendo verano y haciendo calor, ¿por qué no un chapuzón?


Probablemente no llegara sólo, sino que le acompañarían otros jóvenes emprendedores. Quizá vinieran de la población de Atapuerca que, gracias a su ubicación estratégica, habría aumentado sus miembros y ya no habría lugar para jóvenes beligerantes. ¿O quizás buscaban mujeres, sangre nueva?

Pero no encontrarían a nadie. Unos buenos refugios para el campamento de verano, eso, sí: la Cueva de los Moros, de existir -como tal- por aquel entonces, tendría el suelo mucho más abajo (son evidentes los desprendimientos del techo y el rellenado sedimentario). Un manantial en la puerta de casa y el río a escasos cientos de metros, viviendo bajo la sombra del gran dios –el Perentón-.

            Cuál sería la sorpresa de estos jóvenes, cuando se internaran en la cueva y descubrieran que, si bien no humanos, unos colosales leones cavernarios defienden su hogar.



            Enseñarían asustados las toscas lanzas, y, piernas: ¿para qué os quiero? De vuelta al río, a esconderse entre los carrizales y, ya de paso, aguardar a ver si se acercan unos uros a abrevar. Y en esa carrera desenfrenada, a nuestro amigo antecessor se le caería un hacha al río.

            No tenemos forma de saber si estos hombres se quedaron, prosiguieron hacia el norte o jamás llegaron al valle. De momento, entre campaña y campaña de excavación de Atapuerca y sus publicaciones, que gustan más en casa que los Reyes Magos, seguiremos hozando entre las piedras, tratando de encontrar esa triste hacha que el río Rudrón lleva 900.000 años puliendo.

Elisa R. Bañuelos


Fuentes: http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/sapiens/2011/04/10/atapuerca-clima-y-homininos.html basado en “Pleistocene environmental and climatic Change and the Human Expansion in Western. Europe: a case study with small vertebrates (Gran Dolina, Atapuerca, Spain)” de la Doctora Gloria Cuenca.

martes, 13 de octubre de 2015

Nuestros espacios naturales protegidos

En el valle del Rudrón tenemos la suerte de contar con varias figuras de protección que –en teoría- velan por la conservación del medio natural. Forma parte, en primer lugar, del Parque Natural Hoces de Alto Ebro y Rudrón, además de LIC (Lugar de Interés Comunitario) y ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) del mismo nombre y, próximamente, del Geoparque de las Loras. Todo esto está integrado dentro de la Red Natura 2000.


Espacio Natural Protegido de Las Tuerces: quedaría incluido en el Geoparque de las Loras


Pero, ¿de dónde sale y qué significa todo este embrollo de categorías? Aquí, una que está estudiando oposiciones para el ministerio de medio ambiente os asegura que no es tan sencillo, pero ahí va un breve resumen.

La protección de los espacios naturales, si bien se puede remontar a la declaración del Parque Nacional de Yellowstone en 1871, no maduró hasta la década de los 70. La preocupación por el medio ambiente, que se globalizó a partir de la Cumbre de la Tierra (1972, Estocolmo), se centra en la protección de las especies y los ecosistemas mediante los Convenios Internacionales Vinculantes de RAMSAR (humedales, 1971), CITES (comercio de especies, 1973), BONN y BERNA (especies migratorias, vida silvestre, 1979) y el Convenio de Diversidad Biológica (1992), entre otros.

A nivel europeo destacan las directivas de Hábitats (1992) y Aves (1979). La adhesión de España a la Comunidad Económica Europea en 1986 conllevó la transposición de las directivas ya aprobadas y de las futuras, a un ritmo que España -aún lastrada por la antigua dictadura- siguió malamente. Sin embargo, el desarrollo retardado del país también habría propiciado la conservación de los recursos naturales, ya expoliados en gran parte de Europa.



La legislación medioambiental española ya ha superado la tímida fase de leyes de caza, pesca, bosques y parques nacionales, y actualmente disponemos de dos leyes estandarte de la protección de la naturaleza: la Ley 42/2007 de Patrimonio Natural y Biodiversidad y la Ley 30/2014 de Parques Nacionales. Conforman –junto con otros instrumentos- la Red Natura 2000 en España, que representa el 27% del territorio español.

Aparte de la legislación comunitaria y estatal, las CCAA tienen potestad para legislar en materia medioambiental, y Castilla y León no se queda de brazos cruzados: este año se aprobó la Ley 4/2015 de Patrimonio Natural de C&L. Además de las figuras de protección nacionales, nuestra comunidad establece la categoría de Parque Regional (como Sierra de Gredos).

El Parque Natural Hoces de Alto Ebro y Rudrón se aprobó en 2008, tras aprobarse su PORN –Plan de Ordenación de los Recursos Naturales). Establece distintas zonas de protección dentro del Parque que regulan los usos permitidos.



Por ejemplo se observa que San Felices se sitúa en zona de Uso limitado de interés especial.


Desgraciadamente, la crisis ha delegado al medio ambiente a una posición casi invisible, que amenaza con tambalear este complejo sistema que tantos años nos ha costado desarrollar. Esperemos que la nueva Ley de C&L y su fondo de Patrimonio Natural devuelvan la atención a nuestros espacios naturales para que dejen de ser una mancha en el mapa y se gestionen adecuadamente para preservar su incalculable valor. 



miércoles, 8 de julio de 2015

A vuelo de pájaro

Camachuelo en la ribera de Covanera
Como dirían Lost Horizon: "Wish I could fly through this land beloved, not in our dream, not by spell then bound", ¿quién no querría volar entre los escarpados riscos bermejos, sobre los hayedos vestidos de gala en otoño, rozando la superficie del río? Las aves saben de lo que hablo, y en el valle del Rudrón son prolíferas.

Herrerillo comiendo en el jardín
Existe una variedad asombrosa de aves en la Península Ibérica, unas 346 especies habituales, aunque se suele hacer distinción entre residentes y las que sólo observamos de paso durante sus migraciones. En nuestra cuadrícula del Atlas Virtual de la Avifauna (V2, http://avesbiodiv.org/atlasaves/indexaves.html) contamos con un total de 142 especies, aunque he de admitir que no he tenido el gusto de avistar gran parte de las especies listadas.



Así que me remitiré a los hechos demostrables que en San Felices he observado. El orden más abundante y fácil de observar es el de los Passeriformes (también llamadas aves canoras o, como mi padre diría, colorines). Este orden incluye una gran variedad de familias de aves, desde los cuervos y los pájaros carpinteros, hasta las golondrinas y el gorrión. Presentan una amplia diversidad de formas y colores, así como de hábitos alimenticios (esto suele reflejarse en la forma del pico, con picos robustos en los granívoros y más finos en los insectívoros). La gran mayoría cantan y trinan con asombrosa belleza, haciendo honor al título de aves canoras. Se les puede oír pronto, por la mañana, por todo el valle, sobre los guindos; a las horas de más calor acallan sus cantos y frecuentan la ribera, pero realmente se les puede encontrar en cualquier hábitat, desde los riscos (como las cornejas) y el páramo (alcaudón) al jardín de casa (colirrojos, camachuelos, lavanderas).





Lavandera blanca en el jardín: a la caza de insectos
Otro orden de aves con gran presencia en la zona son los Falconiformes que, junto con los Strigiformes (búhos y lechuzas), se conocen como aves rapaces. Las aves rapaces son carnívoros -con gran predominio de carroñeo en la mayoría de las especies- que generalmente sobrevuelan regiones abiertas, como el páramo o las alturas del valle, en busca de sus presas -a excepción de varias especies de Strigiformes, el azor y el gavilán, que prefieren las áreas forestales-. Cumplen un papel muy importante como control de plagas y limpieza de cadáveres en el monte. No hay mejor forma de librarse de una plaga de topillos, que habilitar un posadero para lechuzas o búhos.

Cernícalo en el río. Es una de las rapaces de menor tamaño

















Muchas rapaces anidan en los cortados que ofrece el valle del Rudrón. Se dice que hasta hace unos años merodeaba por aquí una hembra de águila perdicera, una especie muy amenazada, y antaño quebrantahuesos pero, desgraciadamente, hoy en día te das con un canto en los dientes si avistas un águila real. Sin duda, la rapaz más abundante es el buitre leonado, que entre el cañón del Ebro -por Pesquera- y el Rudrón conforma una de las mayores colonias de buitres de España.


Por las noches es fácil escuchar los cantos de las rapaces nocturnas, como el autillo, cárabo, búho chico, lechuza o búho real.


En la ribera, y unidos a ecosistemas acuáticos, existen varias especies de aves de distintas familias, unidas tan sólo por su afición a los peces. Se pueden observar cormoranes, garzas reales, martines pescadores y la estrella del río, el mirlo acuático. Esta simpática ave aprende a nadar antes que a volar, y se alimenta de invertebrados que encuentra debajo de los cantos del río. Se le considera un bioindicador de aguas limpias.

Mirlo acuático cerca de su dormitorio
Garza real pescando en el Rudrón

Quedan decenas de especies por citar, pero el que mucho abarca poco aprieta. Pero no quiero terminar la entrada sin recomendar a todos los pajareros que echen un vistazo a las excursiones de observación de aves que organizan por la zona -PN de hoces del Ebro y Rudrón y embalse del Ebro- en la preciosa casa rural de Molino del Canto: http://molinodelcanto.com/.


Mirlo acuático sobre el Rudrón
También animo a todo el mundo a hacerse socio de la SEO, Sociedad Ornitológica Española, que realiza una labor encomiable en todo España para proteger y compartir la naturaleza y el mundo de las aves: http://www.seo.org/