He visto muchas
cosas. Acontecimientos singulares han tenido lugar en estas tierras, pero la
regla ha sido siempre el silencio. Silencioso es el viento rebotando en mis
flancos, las plumas de los buitres cortando el aire. Silenciosa es la lluvia
que me tiñe el rostro de gris triste, lavando por un momento el rojo candoroso,
hasta que vuelve a secarme el sol. Silenciosas eras de vacío, tan sólo
agrietado por el graznido del cuervo y el ladrido del corzo.
Muchos son los
que han coronado mi cima. Hermosas aves de largas plumas, rodeándome en su
vuelo interminable. Algunos, como el quebrantahuesos o el águila perdicera, ya
no han vuelto. Corzos, jabalíes, tímidas garduñas; encinas centenarias que osan
enquistar sus raíces en mi pecho. Mas ellos no codician coronarme.
Hubo un tiempo
en el que me frecuentaron los dioses. Cuentan los gansos que el reino de laDiosa cubría valles más allá de las grandes montañas. Nunca olvidaré el
cosquilleo en la cresta, la primera vez que Mari posó sus pies sobre mí, uno
entre otros tantos postes en su largo camino, supervisando con su mirada
arrobada la existencia efímera de sus hijos.
Hubo otro breve
tiempo, mucho antes de Mari, en el que yo mismo fui un dios. Pero las deidades
no sobreviven a sus civilizaciones, y son muchos los pueblos que
pretendieron esta tierra avara. Pueblos que ansiaban dominar el valle, gentes
que proclamaban este lugar como suyo: pobres ignorantes, que no sabían que esta
tierra no se puede doblegar, sino que es la tierra la que te posee. El calcio
de las verdes fuentes precipita en sus huesos, el hierro rojo que colorea mi
rostro fluye por su sangre y los domina, los ata.

He visto a mucha
gente. Hombres que ahora ni siquiera se consideran humanos, pero que ya me
cantaban con tosca voz. Aventureros, colonos, que habitaron en mis grietas y
penetraron mucho más allá de lo que hoy día es posible, dejando allí marcas de
su existencia. Más adelante, pueblos tranquilos, siempre empeñados en un mismo fin:
trabajar la tierra tacaña, tratando de hacer crecer su fruto. Teces coloradas
y pálidas, ojos rasgados, cabelleras tan blancas como el hielo y rizos negros cual desmán.
Cuando llegaba un pueblo nuevo, todos se indignaban, luchando para no tener que compartir la que, ellos decían, era su tierra; ignorando que su propio pueblo antaño expulsó a otro, y así, desde el principio de los tiempos, hasta el final de las eras. Pero la piedra no tiene dueño.
He visto
guerreros luchar y morir, y ser elevados al cielo, con la diosa. Los buitres se
encargan de ello. He visto a niños de los más diversos pueblos jugar a los
mismos juegos durante eras. He espiado a muchachas bailando a la luz de la luna,
sin más música que el ronroneo del río y el agitar de los sauces al viento, y terminar
la danza guiñándome un ojo cómplice.
El agua me
conformó durante milenios y el viento me roerá hasta que no sea mas que tierra
roja, dispuesta a ser arada por el hombre para arrancarme un brote más de vida. Pero
sólo el tiempo podrá doblegarme.
"The lore of a higher meaning"
Thousandfold, Eluveitie
https://www.youtube.com/watch?v=kb8WGig0MLU
Elisa Rivero Bañuelos